NO PARAR HASTA CONQUISTAR. CUENCA NUNCA SERÁ LO QUE MERECE MIENTRAS LOS CACIQUES DIRIJAN NUESTRA PROVINCIA



sábado, 9 de junio de 2012

A comer mierda a Gibraltar

El “Gobierno de Gibraltar” ha recibido en su albañal colonial a representantes de la Asociación de Restaurantes “Buena Mesa”. Entre los más ilustres miembros de la Asociación se encuentran Lucio, Cándido y un conocido vendedor de humo y refritos llamado Arzak.

 Isabel II, vieja calavera confitada en untos que tiene la gracia en el único ojo que carece de niña, celebró hace unos días con gran pompa un nuevo aniversario de su ascenso al trono. Y para animar los actos conmemorativos de su jubileo llegó a Londres desde Gibraltar una banda, nunca mejor dicho, que con aires marciales sólo emitió flato y ruido. El 6 de junio, mientras que las patrulleras del Peñón chuleaban a España, unos cocineros españoles dejaron ver sus ensanchadas figuras en el  sumidero gibraltareño, para degustar allí las vomitivas pitanzas de la gastronomía local, tomar el té y escuchar las sandeces de Nail Costa, un funcionario de la cochambrosa colonia que les dio la bienvenida
Sí, una legión de cocineros colesterosos ha visitado un estercolero ( donde todo delito tiene su asiento) en el que han zampado muchas y caducadas viandas, aunque muy cerca tenían a unos compatriotas que no pueden faenar en aguas españolas porque lo impide el “Ministro Principal” … Arrastraron sus panzas y grandes culos los expertos  ibéricos en artes culinarias por la colonia británica; le dieron al mosto con desmesura y alguno quedó beodo;  todos gozaron del dudoso yantar  y sobre la cuestión colonial espetaron jacarandosos: “No commet”.
Posiblemente, los orondos cocineros escucharon de sus anfitriones “llanitos”, durante su estancia en el charco amarillo gibraltareño,  que el Reino Unido de la Gran Bretaña e Irlanda del Norte tiene una “tradición democrática de siglos”. La frase es un curioso mantra que repiten los lugareños, muy doctos en todo lo ilícito e inmoral, a sabiendas de su falsedad, puesto que esa “tradición democrática de siglos” ha sido una plaga para medio mundo y una práctica que jamás ha estado reñida con el robo y la apropiación indebida. Por supuesto, quien tenga dudas sobre la pasión de los ingleses por lo ajeno sólo debe visitar el Museo Británico, lugar en el que se encuentran las pruebas del delito, desde los frisos del Partenón hasta las Glosas Silenses.
Muy ufanas y henchidas de patriotismo “briti”  las cotorras gibraltareñas cantan loas en honor de Inglaterra, definida tradicionalmente como pérfida nación de piratas, que expolió a medio mundo su patrimonio artístico y materias primas; que se dedicó al negocio de la trata de seres humanos y cometió en el siglo XIX el acto más ignominioso de la historia: la Guerra del Opio.
Inglaterra, que tiene el dudoso honor de haber decapitado a los santos Becket, Moro y Fisher, siempre ha sido generosa en fechorías, traiciones y creaciones malsanas como la Iglesia Anglicana y el primer cártel narcotraficante del mundo: la Compañía de las Indias Orientales (The East Indian Company) El cártel inglés adquirió sus primeros derechos territoriales en Bengala en 1757. En 1767 los extendía a Bihar. En 1773 se adueñó del contrabando del opio en China e inició el cultivo de la droga en Bengala y la India central. El opio, gracias a la Compañía de las Indias Orientales, comenzó a fluir  cada vez en  mayor cantidad desde la India a China, lo que provocó una catástrofe social y económica que se vería aumentada tras la Guerra del Opio.
Los funcionarios de la Corte china se encontraron en los años previos al estallido de la guerra con los siguientes hechos: las prohibiciones imperiales relativas al tráfico y consumo del opio no conseguían los efectos deseados; el número de adictos aumentaba rápidamente; los narcos ingleses habían conseguido corromper a  los funcionarios de algunas provincias; las importaciones de la adormidera (la heroína del siglo XIX)  lastraban la economía nacional  y el déficit comercial se hacía insostenible. Pekin, finalmente, decidió adoptar medidas de fuerza y envió en 1839 a Cantón a Lin Zexu, un incorruptible funcionario, que expulsó a los narcos británicos del país y ordenó la incautación de 20.000 cajas de opio (cada una de ellas contenía unos 65 kilos de la destructiva drog). La reacción del Reino Unido de la Gran Bretaña, que no estaba dispuesta a perder el lucrativo negocio del narcotráfico, fue tan rápida como contundente. Los británicos respondieron con actos de piratería a lo largo de la costa; atacaron fortificaciones, ocuparon varias ciudades, llegaron hasta Nankin y amenazaron con sus cañoneras el puerto de Tianjin. China, finalmente, intentó una salida negociada y firmó el ominoso tratado de Nankín en 1942, cuyos efectos serán desastrosos a largo plazo para la nación vencida.
Por el tratado, que puso fin a la primera guerra del opio, China quedó obligada a abrir sus puertos a las importaciones de la adormidera; al pago de una “indemnización de 21 millones de dólares de plata y a la cesión de Hong Kong. En el tratado adicional de 1843 Inglaterra obtuvo la cláusula de nación más favorecida y  la extraterritorialidad de sus súbditos, que desde entonces gozaron de una absoluta impunidad por los delitos cometidos en territorio chino.
Gibraltar,  habitado por gente maestra en el ejercicio de todo negocio sucio, es el símbolo de un pasado imperial, siniestro y  sórdido, marcado por el narcotráfico y la explotación de seres humanos en medio mundo durante los dos últimos siglos, aunque sorprendentemente de tal “tradición democrática de siglos” se jactan en la letrina gibraltareña, remanso de fraudes al que unos españoles, afectos a la Asociación de Restaurantes “Buena mesa” y aficionados al feo vicio de la gula, han acudido con gran contento para mostrar sus sutiles creaciones alimenticias y degustar  boñigas.

No hay comentarios:

Publicar un comentario