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miércoles, 11 de julio de 2012

Comunidades Autónomas: corrupción y nacionalismos

Germán Martín Rais
De un tiempo a esta parte se ha abierto el melón de las Comunidades Autónomas. La crisis económica ha obligado a cuestionar una estructura del Estado insostenible dado su elevado coste. Pero el asunto tiene un alcance mucho más profundo y sus raíces van más allá del aspecto meramente económico.
Dos razones principales inspiraron el sistema autonómico: la teoría de que una gestión de cercanía repercutía en un mayor beneficio para la sociedad y el ánimo de satisfacer a unos nacionalismos —que querían poner de manifiesto “hechos diferenciales”— para que se sintieran cómodos e integrados en un proyecto nacional.
 
Transcurridas unas décadas se ha demostrado lo inalcanzable de unos objetivos que jamás fueron posibles en la forma en que se plantearon. La intención original de mejorar la atención del ciudadano se ha convertido en un monstruo insaciable, corrupto y de dimensiones colosales que consume la mayor parte de los recursos de la nación agotando y devorando todo aquello que se pone a su alcance.
 
Y, por otro lado, se ha demostrado que los nacionalismos siguen igual de insatisfechos, porque sólo podrán contentarse si logran su último objetivo, a saber, la independencia total junto a la posterior persecución de una cultura —la de los “otros”— que lejos de considerar como parte de la propia sociedad contemplan como un mal a erradicar, al tiempo que, como no podía ser de otra forma, satisfacen su voraz ansia de control mafioso de la gestión económica y de los recursos.
 
La España del siglo XXI hay que plantearla de una vez por todas desde una visión pragmática y crudamente real. No como desearíamos que fuese, sino tal como es y, entonces, quizás nos encaminemos hacia la España que deberíamos —y podemos— ser. El primer aspecto que debemos contemplar es uno de los peores males endémicos de nuestra nación y en consecuencia de nuestra sociedad: la corrupción, el nepotismo, el enchufe, el choriceo, el chanchullo, los aprovechaos y la mediocridad entronada. Tenemos que aceptar que este cáncer está en nosotros y legislar en ese sentido. Y de otra parte, debemos, si queremos garantizar la supervivencia de España y de nuestra democracia, tratar de una vez por todas a los nacionalismos como lo que realmente son, descubriéndolos, arrancándoles la máscara y, sobre todo, sacudiéndonos los complejos que nos impiden actuar con libertad y no coartados por el yugo de los mismos.
 
No confundir nacionalismo y patriotismo
 
Llegados a este punto quisiera establecer una distinción entre nacionalismo y patriotismo. El primero implica la existencia del “otro” casi siempre como enemigo; el segundo implica compromiso con el colectivo. En este sentido, los partidos separatistas hacen bien en autodenominarse nacionalistas. Porque los nacionalismos son, por definición, excluyentes, racistas, agresivos y discriminatorios y cuando pueden llegar al extremo máximo de su manifestación, criminales y asesinos. Y para todos aquellos que les parezca una exageración por mi parte, es decir, para todos aquellos que sin ser conscientes estén dominados por el complejo hacia los nacionalismos, sólo les pediré un sencillo pero revelador ejercicio. Escojan algunas de las perlas que han soltado personajes como Jordi Pujol, Sabino Arana o el mismo Arzalluz. A estos señores pueden añadirles otros muchos hasta aumentar la lista como crean conveniente. Cuando las tengan, substituyan los lugares en los que aparece vasco o catalán por alemán y si hablan de terceros, por judíos; y si alguien no ve la extraordinaria similitud con el discurso de Adolf Hitler, por poner a un exponente radical del nacionalismo, que venga Dios y lo vea.
 
Les voy a poner un par de representativos ejemplos: uno, el del Rh de Arzalluz, ¿lo recuerdan?... Sin comentarios por mi parte. Otro, un texto que reproduzco escogido de entre otras joyas del “muy honorable” Jordi Pujol:
 
“El hombre andaluz no es un hecho coherente, es un hombre anárquico […]. Es un hombre destruido, es generalmente un hombre poco hecho, un hombre que hace cientos de años que pasa hambre y que vive en un estado de ignorancia y de miseria cultural, mental y espiritual […]. Es un hombre desarraigado, incapaz de tener un sentido un poco amplio de comunidad […]. Si por la fuerza del número llegase a dominar, sin haber superado su perplejidad, destruiría Cataluña… Introduciría su mentalidad anárquica y pobrísima, es decir, su falta de mentalidad”. Lo dicho, toda una joya de don Jordi Pujol, el arquetipo de hombre griego clásico: filósofo, guerrero, escultural y moral.
 
De Sabino Arana y otros impresentables eludo siquiera mencionar sus exabruptos. A quien los quiera conocer le bastará efectuar una fácil búsqueda para dar con ellos.
 
Si observamos la estrategia de estos nacionalismos, pronto nos daremos cuenta de la obra de ingeniería social que están llevando a cabo desde hace décadas con el fin de lograr la circunstancia que les permita el asalto final a sus objetivos irrenunciables. Y lo peor es que lo hacen con la permisividad de los gobiernos de España, cuando no con su complicidad.
 
La última semana de junio se ha presentado una iniciativa impulsada por parte de un numeroso grupo de personalidades entre las que se cuentan Alejo Vidal Quadras, Santiago Abascal, Fernando Sabater, Ortega Lara y un larguísimo etcétera. Piden al Gobierno un acuerdo con el principal partido de la oposición, el PSOE, para la reconversión del Estado con varias medidas entre las que se cuentan la recuperación de competencias ya que el problema que nos asfixia no sólo deriva de una ineficiente gestión, sino también de fallos de estructura. Si no se alcanza un acuerdo, piden que se someta a referéndum popular y que se ejerza la democracia directa. Y la razón por la que impulsan esta iniciativa es la constatación de que ya no podemos esperar más, que ya no es tiempo exclusivo de quejas ni de artículos, y que, a la vez que estos, es preciso continuarlos con acciones decididas y eficaces contempladas dentro de nuestro sistema de derecho.
 
Ha llegado la hora de darse cuenta de que España es mucho más que una derecha nacionalista; que España va mucho más allá de la idea de sociedad de una izquierda progre; y que España tampoco se limita a sus Comunidades Autónomas y mucho menos es lo que unos nacionalismos minoritarios pretende que sea, esto es, un conglomerado de pueblos que no tienen nada que ver y que están unidos artificialmente generando la discordia y el enfrentamiento. España es mucho más, y sobre todo es una nación que de una vez por todas debe renegar de su naturaleza chanchullera y debe hacerlo imponiendo medidas inflexibles de control e independencia de poderes a la vez que limita considerablemente su propia estructura política cuya única razón de su gigantesco crecimiento es precisamente propiciar la corrupción, el saqueo y el expolio y no como nos han hecho creer, el beneficio hacia el ciudadano; y de otra parte, España es una sociedad que debe sacudirse sus complejos hacia los nacionalismos y no tolerar por más tiempo a quienes marcan en nombre de la diferencia igual que en su momento lo hicieran aquellos con esvásticas en sus brazos. Y no hago esta última puntualización porque sí, sino porque esta última semana también se ha sabido que en la Universidad del País Vasco (UPV) aquellos que hablen euskera llevarán un distintivo y se les pondrá un “susurrante” (traductor) a quienes no sean bilingües puesto que en todos los casos se debe dar prioridad al euskera. Un paso más en la política lingüística de la universidad controlada por los aberzales cuando más del 50% del personal universitario ni siquiera es bilingüe. Si ese porcentaje lo trasladamos a la ciudadanía comprobamos que disminuye escandalosamente y que en consecuencia la imposición es arbitraria.
 
España tiene una salida: limitar y reducir drásticamente la estructura del Estado —empezando por las Comunidades Autónomas— a la vez que se consolida como una democracia de primer orden articulando mecanismos de control que impidan la corrupción y actuando de manera diligente y severa contra quienes no ejerzan sus funciones con honor y moral; y de otra parte, quitarse la venda de los ojos respecto de los nacionalismos.
En estos últimos tiempos trato de imaginar a alguien capaz de llevar adelante con valentía las reformas que de verdad necesitamos como nación y se me antoja uno de los apoyos populares más clamorosos que nadie haya recibido por parte de la sociedad española en toda su historia contemporánea.

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